miércoles, 17 de enero de 2018

Historia y Política


 Con mucha frecuencia se utiliza la Historia como argumento para defender determinadas posturas políticas y la reivindicación de legítimos derechos históricos. Que si un territorio concreto ha gozado en el pasado de independencia o no... Que si se erigió en reino, o en condado o señorío... Que si era vasallo de un tercero...Todas estas descripciones son usadas como pruebas con diferentes intencionalidades políticas , ya sea en pro del centralismo o del nacionalismo o del independentismo, etc, etc. Pero yo creo que a todas esas discusiones habría que añadirles un breve comentario:
Estamos describiendo la situación de unas épocas en que no existía el concepto de ciudadanía ni de nación. En que la mayoría de los habitantes de esos pueblos carecían de los mínimos derechos. No pertenecían a una patria sino que eran súbditos o vasallos, que eran propiedad de unos señores que los utilizaban para hacer sus guerras y para asegurarse la producción de los bienes imprescindibles para la subsistencia. Todas estas disquisiciones históricas no sirven ni para arrimar el ascua a la sardina de tal o cual intencionalidad política nacionalista o centralista. Estamos hablando de pueblos formados por inmensas mayorías de seres explotados cuya pertenencia a tal o cual reino o condado o ducado estaba al albur de lo que organizaran entre sí las minoritarias élites explotadoras dominantes del momento a base de matrimonios estratégicos o guerras. Fuera cual fuera, no entro en ello, la , por lo visto, farragosa situación política y administrativa de esos tiempos no se puede hacer ninguna proyección ni extrapolar nada que sirva como argumento político para resolver problemas actuales. Ahora, se supone, ya se puede hablar de ciudadanos con derechos y con capacidad para decidir libremente su destino, sea éste cual sea, siempre de manera pacífica y democrática

sábado, 13 de enero de 2018

Franz Ludwig Catel. El pintor alemán que descubrió Italia.



Se trata de un pintor previo a esa generación del Romanticismo alemán que llenó los lienzos y los versos de lunas veladas en parajes tenebrosos, en noches misteriosas y brumas inquietantes. Solo que  Franz Ludwig Catel buscó la inspiración (y en realidad el sentido de su vida) en un luminoso Sur enclavado en Italia. Allí, rodeado de un mundo "libre de preocupaciones", en una atmósfera grata de luz y  amables paisajes romanos encontró sus fuentes este artista  

Fue decisiva la influencia que tuvo en Alemania para la construcción de un imaginario que exaltaba lo mediterráneo como un ámbito de vida atemporal dominado por la alegría de la luz, la cultura de la Antigüedad clásica y la sabiduría del buen vivir.  No es difícil imaginar la sensación que produciría en una tierra de tenue luz e invitación al recogimiento de los ambientes interiores esta explosión de hedonismo y "joie de vivre" que se manifiesta  aquí en la alegre borrachera del futuro rey de Baviera Luis I junto a sus fieles acólitos en una taberna romana. 

 El artista berlinés había pasado por París para completar su formación artística, pero cuando años más tarde descubrió Roma (en donde se había instalado un pequeño grupo de pintores alemanes que fueron conocidos como los "Nazarenos") y Nápoles,  ya no regresaría nunca de forma estable a Alemania. Vivió y murió en la capital italiana.

El príncipe coronado Ludwig en la taberna española de Roma  (1824)
Franz Ludwig Catel (Berlín, 22 Febrero 1778 –  Roma, 19 Diciembre 1856)

By Franz Ludwig Catel - Bayerische Staatsgemäldesammlung, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=24910263




viernes, 5 de enero de 2018

"La Adoración de los Reyes" (de "Jardín Umbrío"). RAMÓN DEL VALLE- INCLÁN.


VINDE, vinde, Santos Reyes
Vereil, a joya millor,
Un meniño
Como un brinquiño,
Tan bunitiño,
Qu’á o nacer nublou o sol!

 "Desde la puesta del sol se alzaba el cántico de los pastores en torno de las hogueras, y desde la puesta del sol, guiados por aquella otra luz que apareció inmóvil sobre una colina, caminaban los tres Santos Reyes. Jinetes en camellos blancos, iban los tres en la frescura apacible de la noche atravesando el desierto. Las estrellas fulguraban en el cielo, y la pedrería de las coronas reales fulguraba en sus frentes. Una brisa suave hacía flamear los recamados mantos. El de Gaspar era de púrpura de Corinto. El de Melchor era de púrpura de Tiro. El de Baltasar era de púrpura de Menfis. Esclavos negros, que caminaban a pie enterrando sus sandalias en la arena, guiaban los camellos con una mano puesta en el cabezal de cuero escarlata. Ondulaban sueltos los corvos rendajes y entre sus flecos de seda temblaban cascabeles de oro. Los tres Reyes Magos cabalgaban en fila. Baltasar el Egipcio iba delante, y su barba luenga, que descendía sobre el pecho, era a veces esparcida sobre los hombros… Cuando estuvieron a las puertas de la ciudad arrodilláronse los camellos, y los tres Reyes se apearon y despojándose de las coronas hicieron oración sobre las arenas. Y Baltasar dijo: —¡Es llegado el término de nuestra jornada!… Y Melchor dijo: —¡Adoremos al que nació Rey de Israel!… Y Gaspar dijo: —¡Los ojos le verán y todo será purificado en nosotros!… Entonces volvieron a montar en sus camellos y entraron en la ciudad por la Puerta Romana, y guiados por la estrella llegaron al establo donde había nacido el Niño. Allí los esclavos negros, como eran idólatras y nada comprendían, llamaron con rudas voces: —¡Abrid!… ¡Abrid la puerta a nuestros señores! Entonces los tres Reyes se inclinaron sobre los arzones y hablaron a sus esclavos. Y sucedió que los tres Reyes les decían en voz baja: —¡Cuidad de no despertar al Niño! Y aquellos esclavos, llenos de temeroso respeto, quedaron mudos, y los camellos, que permanecían inmóviles ante la puerta, llamaron blandamente con la pezuña, y casi al mismo tiempo aquella puerta de viejo y oloroso cedro se abrió sin ruido. Un anciano de calva sien y nevada barba asomó en el umbral. Sobre el armiño de su cabellera luenga y nazarena temblaba el arco de una aureola. Su túnica era azul y bordada de estrellas como el cielo de Arabia en las noches serenas, y el manto era rojo, como el mar de Egipto, y el báculo en que se apoyaba era de oro, florecido en lo alto con tres lirios blancos de plata. Al verse en su presencia los tres Reyes se inclinaron. El anciano sonrió con el candor de un niño y franqueándoles la entrada dijo con santa alegría: —¡Pasad! Y aquellos tres Reyes, que llegaban de Oriente en sus camellos blancos, volvieron a inclinar las frentes coronadas, y arrastrando sus mantos de púrpura y cruzadas las manos sobre el pecho, penetraron en el establo. Sus sandalias bordadas de oro producían un armonioso rumor. El niño, que dormía en el pesebre sobre rubia paja centena, sonrió en sueños. A su lado hallábase la Madre, que le contemplaba de rodillas con las manos juntas. Su ropaje parecía de nubes, sus arracadas parecían de fuego, y como en el lago azul de Genezaret, rielaban en el manto los luceros de la aureola. Un ángel tendía sobre la cuna sus alas de luz, y las pestañas del Niño temblaban como mariposas rubias, y los tres Reyes se postraron para adorarle y luego besaron los pies del Niño. Para que no se despertase, con las manos apartaban las luengas barbas que eran graves y solemnes como oraciones. Después se levantaron, y volviéndose a sus camellos le trajeron sus dones: Oro, Incienso, Mirra. Y Gaspar dijo al ofrecerle el Oro: —Para adorarte venimos de Oriente. Y Melchor dijo al ofrecerle el Incienso: —¡Hemos encontrado al Salvador! Y Baltasar dijo al ofrecerle la Mirra: —¡Bienaventurados podemos llamarnos entre todos los nacidos! Y los tres Reyes Magos despojándose de sus coronas las dejaron en el pesebre a los pies del Niño. Entonces sus frentes tostadas por el sol y los vientos del desierto se cubrieron de luz, y la huella que había dejado el cerco bordado de pedrería era una corona más bella que sus coronas labradas en Oriente… Y los tres Reyes Magos repitieron como un cántico: —¡Éste es!… ¡Nosotros hemos visto su estrella! Después se levantaron para irse, porque ya rayaba el alba. La campiña de Belén, verde y húmeda, sonreía en la paz de la mañana con el caserío de sus aldeas disperso, y los molinos lejanos desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montañas azules y la nieve en las cumbres. Bajo aquel sol amable que lucía sobre los montes iba por los caminos la gente de la aldea. Un pastor guiaba sus carneros hacia las praderas de Gamalea; mujeres cantando volvían del pozo de Efraín con las ánforas llenas; un viejo cansado picaba la yunta de sus vacas, que se detenían mordisqueando en los vallados, y el humo blanco parecía salir de entre las higueras… Los esclavos negros hicieron arrodillar los camellos y cabalgaron los tres Magos. Ajenos a todo temor se tornaban a sus tierras, cuando fueron advertidos por el cántico lejano de una vieja y una niña que, sentadas a la puerta de un molino, estaban desgranando espigas de maíz. Y era éste el cantar remoto de las dos voces:

CAMIÑADE SANTOS REYES
POR CAMIÑOS DESVIADOS,
QUE POL’OS CAMIÑOS REAS
HERODES MANDOU SOLDADOS"

(La Adoración de los Magos. Jacobo Bassano, el Viejo.) 


jueves, 4 de enero de 2018

José Echegaray, una eminencia decimonónica.


 ¿Alguien ha leído al nobel español Echegaray? Me da la impresión de que debe de ser un autor totalmente infumable para un lector actual. Desde luego era una eminencia de la época. Ingeniero, uno de los más brillantes matemáticos españoles, ministro...  No conozco su literatura pero me la imagino aquejada de una afectación decimonónica digna de estudio.  Pero a lo mejor solo son prejuicios míos.
 Este es un soneto en el que expone su poética teatral:

Escojo una pasión, tomo una idea,
un problema, un carácter... y lo infundo,
cual densa dinamita, en lo profundo
de un personaje que mi mente crea.

La trama, al personaje le rodea
de unos cuantos muñecos que en el mundo
o se revuelcan en el cieno inmundo
o se calientan a la luz febea.

La mecha enciendo. El fuego se prepara,
el cartucho revienta sin remedio,
y el astro principal es quien lo paga
.
Aunque a veces también en este asedio
que al arte pongo y que al instinto halaga,
¡me coge la explosión de medio a medio!

sábado, 30 de diciembre de 2017

Francisco I de Francia.



 Históricamente, Castilla no había tenido contenciosos graves con Francia. Tampoco la Corona de Aragón, cuya política exterior había consistido básicamente en su expansión por el Mediterráneo. Pero cuando Carlos V accede al trono diseña unas prioridades que no siempre coinciden con los intereses de España, sino todo lo contrario.  Actúa más como representante de la casa de Habsburgo (auténtico holding para el que la corona española es una empresa más dentro de sus extensas posesiones) que como soberano español.  
Por eso, todo el histórico juego de alianzas y de intereses  da un giro de 180°. Para empezar, el control del norte de Italia, del milanesado, se convierte en un objetivo geoestratégico de primer orden para el Imperio, asegura la comunicación entre sus diferentes territorios. Y aquí vendrá el tremendo choque  con Francia, que ansía meter aquí una cuña porque  siente cómo se cierne sobre ella la tenaza imperial. Esto llevará a Francisco I a forjar una alianza con el Papado para contrarrestar  el inmenso poder de Carlos V. El soberano francés se convertirá así en el enemigo a batir, en la auténtica bestia negra de la Casa de Austria. Además, no dejará de negociar  con los turcos cuando sus intereses lo exijan incluso en los tiempos de mayor tensión bélica entre la Cristiandad y el Imperio Otomano.  Con el tiempo, tras la batalla de Pavia,  llegará a ser apresado por España, que lo mantendrá prisionero  hasta satisfacer un cuantiosísimo rescate además de firmar el Tratado de Madrid, dejando a sus dos hijos mayores como rehenes para verificar su cumplimiento. Yo recuerdo que en mis libros de Historia del bachillerato (primeros setenta) la imagen de Francisco I se nos hacía muy antipática, parecía una molestísima piedra en el zapato que  dificultaba pero no impedía, por supuesto,  el camino triunfal hacia nuestras más altas glorias, hablando más o menos según la terminología de aquellos años. Los de "Por el Imperio hacia Dios". 
Por lo demás cabe decir que Francisco I está asociado al periodo de  esplendor del Renacimiento en Francia. Gran admirador de las corrientes artísticas y culturales que venían de Italia, ejerció el mecenazgo sobre Leonardo da Vinci.

(Texto: © Mariano López A. Abellán)

[Retrato de Francisco I  (hacia 1525 óleo sobre tabla, 96 x 74 cm). Jean Clouet. (Bruselas, 1480 -Paris, 1541). Museo del Louvre. París.] 

miércoles, 20 de diciembre de 2017

"La sombra de las letras" de Concha Lavella Clemares.


Concha Lavella cultiva la poesía desde que era muy joven. En estos días se cumple un año de la publicación de su primer libro de poemas, La sombra de las letras.
 En él, en este delicado poemario, sus versos atesoran una gran amalgama de imágenes  que se combinan creando conceptos poéticos nuevos. Éstos laten en sus estrofas y forman un lenguaje muy personal, un sello de originalidad que le da una voz propia a su obra. La Naturaleza en todas sus expresiones está presente en su poesía, uno siente la tierra, el cielo, las flores, los árboles, el agua, la nieve, el fuego, hay una vocación de dar trascendencia a esos y otros elementos naturales enriqueciendo esas imágenes. Y como en un continuo, a manera de algo cuyo espíritu planea a través de toda la obra está la idea del hogar, el hogar como un territorio clave de la memoria, como una raíz,  como una promesa de futuro...
 Por otra parte, los temas salen a través de una sensibilidad que poetiza sobre las heridas que dejan la injusticia, el desamor, el olvido... Pero en sus versos hay  redención, hay una esperanza, una celebración de la vida que impide que haya pérdida de las ilusiones. Al contrario, éstas siempre permanecen intactas. 
Todo esto y mucho más nos aguarda en este libro de poemas sinceros y bellos.
(Texto: © Mariano López A. Abellán)


sábado, 16 de diciembre de 2017

Matemáticas de 1º de Bachillerato.


  
Saqué adelante el dictado y la división y aprobé el examen de Ingreso. Ese curso me lo había dado el “abuelito Andrés”, famoso por su deambular por el patio de los Maristas de la Sucursal durante los recreos con sus bolsillos llenos de bolas de anises y una buena vara en la mano. Premio y castigo en su sencillo y práctico código de conducta. Pedagogía a la antigua usanza. 

 Llegaba el bachillerato en el Malecón. Comenzaba Primero en el 67/68 con don Antonio Martínez, seglar cuando la mayoría de los docentes del colegio eran hermanos maristas. Supongo que ahora será al revés. Este era el libro de Matemáticas de aquel curso. Por supuesto de la editorial Luis Vives.