sábado, 19 de julio de 2014

La curiosa forma de caminar del camello bactriano



   El camello bactriano o camello de dos jorobas (Camelus bactrianus), pariente del dromedario o camello de una sola giba o joroba, habita en diversas zonas del Asia central, desde Mongolia a Irán. Es una especie que se adapta a condiciones climáticas extremas y muestra una gran resistencia pudiendo pasar de cinco a siete días sin beber ni apenas comer. Es capaz de recorrer distancias de 45 km al día con  cargas de hasta 450 kg de peso.
  Pero su característica más curiosa es la forma que tiene de caminar. Mueve a la misma vez las patas de un  lado del cuerpo y a continuación  las del otro lado. Todo lo contrario que la mayoría de las especies animales, que mueven simultáneamente la extremidad anterior y la posterior del lado contrario. Esa manera de desplazarse recuerda el movimiento de un barco, por lo que no es de extrañar que al camello le apoden el “barco del desierto”.

(Imagen bajo licencia de documentación libre GNU. Pareja de camellos bactrianos en el zoológico de Praga. Fotografía de Hok, usuario de Wikipedia)


La histórica erupción del volcán Tambora.


En 1815 se produjo la erupción volcánica más intensa de los últimos 10.000 años. Fue en el Tambora, un volcán situado en la isla indonesia de Sumbawa.  No menos de 100.000 personas fallecieron como consecuencia  de este fenómeno. La explosión llegó a escucharse hasta en la isla de Sumatra, a 2.000 kilómetros de distancia. 
 Su potencia fué equivalente a  la de 60.000 bombas atómicas del tamaño de la de Hiroshima. Su volumen de eyección ascendió a unos 240 kilómetros cúbicos. Se esparció por la atmósfera tal cantidad de ceniza, polvo y arenilla que se atenuó la intensidad del sol y 1816 fue conocido como "el año sin verano" debido a los cambios climáticos ocasionados en Europa y América del Norte, donde hubo pérdida de cosechas, pereció el ganado y se originó una gran hambruna. En Nueva Inglaterra el año se llamó popularmente Mil Ochocientos Hielo y Muerte. 
      Las puestas de sol adquirieron un colorido insólito, con la sensación de que una gasa envolvía el horizonte donde se ocultaba el astro rey. Esto lo captó de manera magistral el pintor J.M.W. Turner
    Es posible también que este estado de la atmósfera provocado por la erupción volcánica, con esa disminución de luminosidad, inspirara los  siguientes versos de Lord Byron escritos por esas fechas :

      Yo tuve un sueño, que no era un sueño.
      El luminoso sol se había extinguido y las estrellas 
     vagaban sin rumbo...
                             LORD BYRON, Darkness 

[Imagen: "Aerial view of the caldera of Mt Tambora at the island of Sumbawa, Indonesia " (Jialiang Gao)]

El afeitado de la barba durante el Imperio Romano.



Desde la antigüedad, tanto los griegos como los romanos se dejaban crecer la barba de forma generalizada. Fue  Alejandro Magno quien impuso el rasurado del rostro en los primeros. Por su parte, los romanos adoptaron esa moda ciento cincuenta años más tarde. Titus Quinctius Flaminus sale con barba en sus monedas proconsulares en los primeros años del siglo II a.d.C. Durante la generación posterior ya son muchos menos los romanos que la llevaban. Siempre eran los emperadores y los máximos mandatarios los que imponían la estética de la época. Escipión Emiliano se hacía afeitar todos los días. Cuarenta años después ese hábito estaba extendido de forma universal en la sociedad romana. Sila, Julio César, Augusto continuaron imponiendo esa costumbre. El afeitado era diario y solo se dejaba de hacer como forma de expresión de alguna desgracia. (César no lo hizo el día en que los eburones aniquilaron a sus lugartenientes, Antonino, después de su derrota en Módena, Augusto cuando supo de la noticia del desastre de Varus).
El barbero de ese tiempo era el llamado tonsor. Nadie se afeitaba solo. Las clases altas lo tenían a su servicio permanente en el hogar. Allí se encargaban del aseo personal, barba y cabello de sus amos (cura corporis) Pero había otros que se establecían en las tonstrinas, un equivalente a las actuales peluquerías y barberías. Éstas constituían un mentidero, un punto de cita, lugar donde se despachaban asuntos de todo tipo.
 Las tarifas del tonsor eran muy elevadas. Para las clases más humildes había tonsores menos cualificados que realizaban su trabajo en plena calle, con precios, evidentemente, mucho más económicos.
 La cuchillas barberas eran de hierro, no se usaba ninguna sustancia, ni espuma, ni crema lubricante. Simplemente se remojaba la cara con agua.
 El primer afeitado de la vida de un joven constituía un acto social de una gran trascendencia cuya celebración daba lugar a una ceremonia religiosa : la depositio barbae.  Pasada cierta edad, y a no ser que se tratara de un soldado o de un filósosfo, estaba mal visto retrasar dicho ritual.
   Los barberos más reputados tenían fama de una lentitud desesperante. En cambio, la actividad de tonsores más rápidos y económicos llevaba aparejada, en muchos casos, la ejecución de auténticas carnicerías en los rostros de los ciudadanos más humildes y menos pudientes.

A principios del siglo II  los romanos comenzaron a cansarse del afeitado y cuando el emperador Adriano se dejó la barba rizada con la que aparece en monedas, bustos y estatuas, fue entusiasta la forma con que acogió la población la nueva estética. Marcó tendencia e impuso la moda de los rostros barbados. Nadie echó en falta la costumbre del afeitado diario...

(Fuente: Información procedente del volumen "La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio" de Jérôme Carcopino.)

El principio de incertidumbre de Heisenberg


Heisemberg (1901-1976)  enunció y logró demostrar en 1927 que es imposible calcular con exactitud y simultáneamente la posición y  el momento lineal (cantidad de movimiento) de cualquier objeto.
 Una reflexión que se deduce de este enunciado es la imposibilidad de la determinación exacta de las propiedades y magnitudes de la materia. Todo intento de medición implica, por mínima e insignificante que parezca, una interacción con el objeto de dicha determinación, dando como consecuencia la alteración del estado inicial cuyas magnitudes pretendíamos calcular.
 Si deseamos medir la temperatura de una bañera llena de agua caliente introducimos en ella un termómetro. Como el termómetro está frío, ésto, de por sí, ya altera la temperatura inicial del objeto de nuestro cálculo, el agua caliente. En una cantidad irrisoria, insignificante, despreciable,  pero que ya no nos garantiza una exactitud absoluta, ideal. Nunca podremos obtener un aparato tan pequeño que no altere las magnitudes a medir. Una sola partícula atómica y un cuanto de energía, al interaccionar, ya introducen un cambio en la materia. Incluso si nos limitáramos a mirar un objeto, éste lo vemos gracias a los fotones de luz que interaccionan con él. Ya estaríamos alterando la materia y no veríamos exactamente la materia real.