sábado, 31 de diciembre de 2016

El "grito" de Saura



["Antonio Saura, miembro fundador del grupo El Paso en Madrid, realizó un tipo de pinturas, en el seno del informalismo, en las que restos de figuración se conjugan con el arte abstracto. Se trata de obras de gran formato pintadas en negro y gris sobre blanco. La fuerza de las pinceladas gestuales de sus composiciones puede equipararse a la que poseen las de los expresionistas abstractos norteamericanos, como De Kooning o Kline.
 Grito nº 7 es una obra que, como la mayoría de las de Saura, pertenece a una serie dedicada a un único tema. Gracias al título puede saberse que el artista toma como punto de partida para su personal interpretación aquella famosa pintura del siglo XIX de Edvard Munch. El desgarro que ya se percibía en la obra del artista noruego se halla aquí potenciado. El contenido de su obra se inscribe en una línea de denuncia desmitificadora, con frecuentes alusiones históricas y una constante utilización del tremendismo."]
 ("Arte español e hispanoamericano del siglo XX". LOURDES CIRLOT)

Grito nº 7. (1959) Antonio Saura
Óleo sobre tela (195 por 130 cm). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid. 

jueves, 22 de diciembre de 2016

Los virus, esos maquiavélicos invasores


La combinación de cuatro elementos que se repiten millones de veces forma un macrocódigo que se traducirá posteriormente para generar las expresiones de vida más peregrinamente diversas. Esos cuatro elementos son las dos bases púricas y las dos bases  pirimidínicas y el macrocódigo es el ADN.
  Así pues, los mimbres a partir de los cuales surge cualquier ser vivo, ya sea una cebolla, un caballo, un alga microscópica o nosotros mismos son todos idénticos. Lo único que varía es la combinación de sus componentes. 
 Ese es uno de los misterios de la vida. Y eso lo saben y se lo tienen muy bien aprendido los virus. Como son "conscientes" de que las piezas o moléculas primigenias formadoras de vida son comunes a todos los seres vivos y que lo único que varía es la combinación de esos eslabones de la gran cadena de ADN, ellos, en su sencilla y a la vez compleja "sabiduría" inyectan en nuestras timoratas células esos elementos combinados a su gusto para que nosotros, confiadamente, procedamos a ejecutar la orden que emana de estos diminutos seres. Nuestras inocentes células no se percatan, pues, de que el código que traducen pertenece a un  invasor y creen que es un código propio. Y entonces ya está el lío montado. 
 A nivel celular nos convertimos en una factoría que fabrica virus a nivel industrial. Hasta que llega un momento en que nuestro organismo se percata de que algo no marcha bien, comienza a detectar elementos extraños, pone en marcha sus aparatos defensivos y comienza a darle caña al invasor. Nuestro sistema inmunológico aprende muy bien la lección de esos hechos y memoriza con una precisión milimétrica las características físicas de esos pequeñísimos maquiavelos que han intentado dársela con queso,  para estar prevenido en un próximo ataque. Pero los virus son de una agudeza y de un ingenio que para sí los quisiera más de un humano.
 Cuando al cabo de un tiempo deciden desembarcar de nuevo en nuestros tejidos reflexionan y se de dicen a sí mismos: "Ojo. Estos señores me tienen muy calado. Hay que cambiar de careta para que no me reconozcan." Y dicho y hecho. Modifican la cubierta protéica que los protege, el caparazón que los envuelve, y vuelta a empezar, comienzan otra vez a inyectar códigos propios que engañan a nuestras células que producirán virus a escala  masiva mientras nuestro organismo permanece a la "luna de Valencia" porque no tiene memoria de estos, para él, inéditos invasores que no cree tener fichados. Y así tanta veces cuantas mutaciones le salgan de las narices a este tan sencillísimo y a la vez complicado ser. Por esa extrema mutabilidad de algunos virus es tan difícil conseguir una vacuna eficaz en muchos casos.
 Porque un virus en realidad es muy poca cosa. Prácticamente no es nada. Es un pequeño trocito de ADN o ARN encapsulado. Sin nada más. Sin orgánulos ni ningún componente celular que realice función alguna. Por eso, para vivir, necesita de la funcionalidad de una célula ajena. Es el colmo del parasitismo. Inyectan una copia de ese trocito de ADN o ARN en el ser invadido y éste pone toda su infraestructura al servicio de su invitado. Cuando el anfitrión se da cuenta del timo ya es demasiado tarde. 
  La mayoría de los virus son inofensivos. Los hay también, con ejemplos que todos conocemos, de gran capacidad patogénica.  Pero podría darse el caso de que apareciera  alguno con un potencial infeccioso que más vale no imaginar. Meditar sobre las consecuencias de una pandemia ocasionada por un monstruo semejante produce un desasosiego propio de película de terror en función doble con palomitas. 
 Yo pienso, es una opinión, que una de las amenazas reales que se podría cernir sobre la  la vida humana en el planeta (además de las derivadas del espacio exterior en forma de meteoritos o alteraciones solares extremas) sería la hipotética aparición de un supervirus de gran poder patogénico y alta mutabilidad. Así, en una gran paradoja, lo más sencillo, la más mínima expresión, acabaría con lo más complejo y evolucionado. Pero entonces, ¿cuál sería el vencedor en el gran torneo de la adaptación?. Dicen que la Naturaleza es muy sabia. 


domingo, 18 de diciembre de 2016

Leda y el cisne


El episodio mitológico de “Leda y el cisne” ha dado muchísimo y variado juego iconográfico. Ya sabemos la historia: Zeus, el dios de más rango, el que dispara a todo lo que se mueve, se encapricha de la bella Leda que pasea su hermosura por las orillas del río Eurotas. El subterfugio que utiliza en esta ocasión el promiscuo inmortal para llegar a su objeto de deseo consiste en  transmutarse en un bello e inocente cisne.  Como se puede suponer, Leda no se escapa ni por pienso de esta extravagante estratagema del  líder de los dioses. 
 La escena del previo a esta coyunda antinatura, como decimos, ha dado lugar a muchas obras maestras de la historia del arte en muy diversos campos (escultura, pintura, fotografía, literatura...) y ha sido tratada por numerosos artistas de múltiples épocas y variados estilos. La lista es interminable. El tema atraviesa siglos de pintura e innúmeros creadores dan su visión personal de este curioso capítulo (como todos en realidad) de la mitología clásica. 
 He estado un buen rato ojeando versiones para ver cuál colgaba al final. (Hay una muy curiosa de Boucher fácilmente encontrable en internet que al final he descartado por ser demasiado explícita). Aquí va una de ellas, no de las más habituales por cierto.
(Leda y el cisne. Johann Hoffman)

jueves, 15 de diciembre de 2016

Cleopatra vista por Hans Makart


La de ríos de tinta que ha hecho correr esta buena mujer, Cleopatra Filopator, la chica de los Ptolomeos, la seductora de todo gran prócer romano que se dignara visitar el país de las pirámides. Aquí está con su áspid dispuesta a cumplir con el guión y pasar a mejor vida.
 El autor es Hans Makart, un auténtico crak, el que partía el bacalao en la pintura de  la Viena de los setenta del siglo XIX. Academicista de pro, referencia nada menos que de  Gustav Klimt y otros grandes pintores austríacos, aunque no suene ahora tanto entre el gran público hay que reconocer que en su tiempo era una auténtica celebridad, todo un factótum de la vida cultural vienesa. 

“La muerte de Cleopatra”.
Hans Makart, (28 de mayo de 1840, Salzburgo - 3 de octubre de 1884, Viena)

martes, 13 de diciembre de 2016

Academicistas versus impresionistas


“Fedra” (1880).
Alexandre Cabanel (Montpellier 28 de septiembre de 1823 - París 23 de enero de 1889)

 Pongámonos en la piel de un bienpensante burgués del París decimonónico. Después de salir escandalizados de una exposición montada por esos excéntricos, provocadores y epatantes pintores impresionistas nos dirigimos, con la intención de olvidar tanta degeneración, al Salón parisino donde expone, entre otros, Alexandre Cabanel. “Ah, por fin”-pensamos- “Esto es arte y belleza que ilumina el espíritu y no el amasijo de paletadas y brochazos de esos locos de los que tanto se habla últimamente...” Bueno, bromas aparte, la Historia les dio la razón, como se ha visto, a esos transgresores que le dieron una vuelta de tuerca a la pintura de su tiempo. Pero no me digáis de todas formas que no estamos ante una obra maestra al contemplar esta “Fedra” del academicista pintor de Montpellier, tan enemigo y tan enfrentado, por cierto, a Manet en particular y a los impresionistas en general

viernes, 9 de diciembre de 2016

Los Prerrafaelitas y la leyenda del Rey Arturo




El último sueño de Arturo en Avalon. (1881-1898)  Edward Burne-Jones (1833-1898)

La llamada “Materia de Bretaña”, con todas las derivaciones y variables del Ciclo artúrico, atraviesa los oscuros siglos medievales y llega hasta nuestros días. Los Prerrafaelitas no fueron inmunes a su poder de fascinación. Esta obra, por cierto, estuvo expuesta en el Museo del Prado durante el 2009. He de confesar que verla al natural impresiona. Diecisiete años tardó su autor en realizarla.